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Los harenes en el mundo: Japón

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Si en una entrega anterior te hablamos de los harenes en la India, en esta ocasión te vamos a hablar de los harenes en Japón, uno de los lugares donde se conoce que, desde hace muchísimos años, han existido, más teniendo en cuenta que en Japón el emperador era como un Dios y que, por tanto, podía tener los deseos que quisiera.

En la sociedad japonesa el concepto de “amor libre” era algo habitual. De hecho, la clase alta (y no hablamos ya de los emperadores), podían tener 4-5 esposas mientras que si eres de clase baja solo te permitían 2-3 esposas, todas ellas obligadas a vivir en la casa de la primera esposa.

En cuanto al emperador, cada uno tenía su propio harén. Existía la figura de emperatriz aunque, en algunos momentos, podían darse dos emperatrices al mismo tiempo. Ese harén se instalaba en el castillo Edo con un perímetro de 13 kilómetros donde vivía el shogun (primer ministro) y a las mujeres que formaban parte del harén al que solo el shogun podía ver.

Dentro del harén podían llegar a vivir unas 3000 mujeres, todas ellas de distintos niveles. Así, se diferenciaba por:

La zona de la mujer del shogun. Al ser la primera mujer tenías unas estancias más acordes con su estatus y sirvientas que la ayudaban día tras día.

La zona donde las mujeres llevaban a cabo tareas administrativas relacionadas con el harén.

La zona más amplia con más de 400 habitaciones, donde las mujeres del harén hacían su día a día.

Las mujeres de alto rango, y las que quedaban embarazadas, eran las que disponían de habitación propia pero las demás debían compartir la habitación con otras. Eso sí, todas las mujeres eran nobles pues solo esa clase podía estar en presencia del shogun (aunque no quita que, de vez en cuando, también se “beneficiara” a sirvientas).

Siempre debían estar listas para servir al shogun con sus cejas perfectamente arregladas y los dientes tintados. También la cara debían pintársela de blanco retocando los ojos en negro y colorete en las mejillas. Finalmente debían pintarse los labios en rojo y utilizar perfumes.

Una diferencia con otros harenes es que, en los harenes japoneses no hay vigilancia y son las propias mujeres las que se encargan de protegerse así como al propio shogun por lo que estaban versadas en artes marciales y en lucha con armas desde la más tierna infancia.

El shogun hacía uso del harén unas tres veces diarias: a las 10 de la mañana, a las 14 de la tarde y a las 20 de la tarde. Siempre avisaban de su entrada con unos tambores que tocaban así como con las campanas que resonaban y daban el aviso a las concubinas para que se pusieran en marcha para la visita del shogun.

Éste se paseaba por ellas y se paraba en una a quien preguntaba cómo se llamaba. Así era como escogía a la mujer con la que irse a la cama. Eso sí, antes de que esta pudiera entrar en la habitación con el shogun se la hacía desnudar y se registraba para que no pudiera entrar nada con lo que hacer daño al shogun y, si era la primera vez que iba a estar con él, también se verificaba si era virgen.

Sin embargo, aunque se la registraba fuera, dentro de la habitación tampoco estaba sola porque, junto al shogun, había presentes cuatro mujeres más, dos que se acostaban a ambos lados de la cama (pero debajo) y otras dos que se quedaban en los biombos con el objetivo de que la concubina no pidiera favores al shogun.

Cuando las concubinas cumplían los 30 años se retiraban del harén y eran cambiadas por otras mujeres ya que, debido a las enfermedades y guerras, muchas veces los hijos del shogun morían y debía seguir dejando su semilla en las mujeres.

Debido a que podía haber en el harén muchísimas mujeres, la vida sexual de las mismas era escasa y eso hizo que, en algunas ocasiones, hombres disfrazados u ocultos en baúles entraran y satisficieran a las mujeres de ese lugar pues solo el shogun podía entrar.

Podríamos decir que el harén en Japón era como un palacio aparte donde las mujeres gestionaban todo lo que necesitaran y quedaban protegidas por ellas mismas. Por supuesto, no quiere decir que no las atacaran, pero gracias a que eran instruidas podían defenderse, a veces, mejor que los propios guardias del palacio del shogun.

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