Valérie Tasso

Penerías (Parte 1): Todo lo que sabes sobre el pene y que ya has olvidado…

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Los humanos somos particularmente curiosos. A poco que nos dejen, empezamos a darle sentido a las cosas, proyectamos en ellas correspondencias simbólicas, las adoramos y las detestamos por esas equivalencias, y la cosa en sí deja de ser una cosa en sí, para devenir algo enorme que la trasciende. Tomemos, por ejemplo, un trozo de metal dorado. La cosa en sí es justo eso, metal dorado, pero sobre ella podemos hacer recaer infinidad de “cosas más” (sentidos, simbolizaciones y valores) al hacer, por ejemplo, de ese trozo de metal dorado una alianza de boda; la joya que llevaba María Antonieta cuando la decapitaron o el mismísimo Santo Grial… Cuestiones por las que un humano daría la misma vida pero que, despojadas de sentido, solo son un trozo de metal dorado.

Con el pene, pasa un poco lo mismo. Es básicamente un particular trozo de carne, pero sobre el que recae un ingente número de “cosas más”; que si el símbolo de la dominación patriarcal, que si la medida de la virilidad, que si el paradigma sexual en un modelo “falocéntrico”… y poco más o menos, la medida de todas las cosas (cuando preguntamos por el tamaño del pene, siempre estamos abordando algo que va mucho más allá de la extensión de eso que cuelga, ¿o no?)

Quizá en un próximo artículo nos ocuparemos de lo que “significa” el pene y lo que ha significado a lo largo de nuestra cultura, pero ahora vamos a intentar centrarnos brevemente en “la cosa en sí”: lo que es, cómo funciona y para lo que sirve un pene.

El pene es un órgano masculino (hasta ahí, más o menos, todos de acuerdo) que agrupa en sí mismo tres funciones orgánicas: reproductiva, excretora y placentera. Dicho de manera sencilla, es un órgano que a los hombres les permite eyacular, hacer pipí o tener un orgasmo. Como el aceite lubricante, es un “tres en uno”, cosa que no sucede con nosotras, las mujeres, que tenemos un órgano específico para cada una de esas tres funciones. Como las tres cosas no se pueden hacer a la vez, los hombres también poseen una glándula exclusiva (mira qué completitos vienen ellos), la próstata, encargada de diferenciar y priorizar el paso por la uretra del líquido preseminal, el semen o la orina.

Anatómicamente, el pene se compone de tres cuerpos que, por su conformación, son eréctiles (es decir, pueden variar de tamaño); son dos cuerpos cavernosos situados en la parte superior y uno inferior de tipo esponjoso en el que está insertado la uretra. No es un músculo (para desgracia de algunos, no se puede “muscular”) ni tiene en su conformación humana  hueso alguno (aunque sí se puede “partir”) Los cuerpos cavernosos son los encargados del proceso de erección, pues gracias a los vasos dilatadores que lo componen, pueden recoger y retener el flujo sanguíneo y distribuir la sangre por los tejidos eréctiles.

La erección, que no siempre se produce por motivos de deseo o excitación, pues, por ejemplo, se puede dar también en las retenciones miccionales involuntarias, cumple la función de acercar al máximo la eyección de semen al cuello del útero en el coito, para intentar, así, que el semen no tenga que enfrentarse al ambiente, especialmente hostil por su acidez, de la vagina, facilitando con ello la inseminación. Esta función de “acercarse” a través de la erección y teniendo en cuenta el tamaño medio de las vaginas, la puede realizar la inmensa mayoría de penes sin que haya que tener en especial consideración su tamaño (aviso a estos que, mientras mantienen relaciones sexuales, parece que les gusta empotrar armarios). Del mismo modo, la relación entre el tamaño del pene en reposo y el que puede alcanzar en erección no es en absoluto proporcional, pudiendo existir penes relativamente pequeños que alcanzan importantes erecciones y penes grandes en reposo que apenas varían su tamaño al erectar. La erección, y esto conviene recordarlo, es un proceso “mecánico” que solo fracasa en muy pocas ocasiones, por cuestiones orgánicas. Y, si lo hace por estas causas, es siempre como sintomatología fisiológica y no como enfermedad en sí misma. Ello supone que, cuando se produce la culturalmente temida “disfunción eréctil” (la “impotencia” para los no versados), esta obedece en su inmensa mayoría a cuestiones de carácter cultural o psicológico; miedos a “no cumplir”, angustias anticipativas, prejuicios morales, etcétera. Es, la erección, tan mecánica y fisiológicamente “simple”, que una pastilla (que contenga principios activos como el sildenafilo, el tadalafilo o el vardenafilo) puede provocarla… lo de provocar el deseo ya es otra cosa de muchísima mayor complejidad. Y ya se sabe; ¿para qué quieres un pico si no tienes un motivo para escarbar?

La parte superior del pene, la  que corona el “tronco”, recibe el nombre de “glande”. Su forma es cónica y algunas teorías evolutivas indican que eso es así para actuar durante la fricción en el coito con las paredes vaginales, como una especie de émbolo que desalojaría los restos de semen de alguno que hubiera pasado por allí antes. Si no se ha realizado una circuncisión, el glande suele estar recubierto de un trozo de piel retráctil que recibe el nombre de “prepucio”, el cual se sujeta al tronco del pene por un “frenillo”, y que tiene como función principal el proteger (aunque en ocasiones consigue lo contrario) el glande de agentes externos. El glande es, primordialmente, la zona del pene donde más áreas de placer se localizan; aproximadamente unas 4.000 terminaciones nerviosas (muchas, sí,  pero solo la mitad de las que se encuentran, únicamente, en la zona visible del clítoris femenino)

Y esto, básicamente, es la “cosa en sí” del pene…Ah, ¿que no he dicho nada de su tamaño medio? Pues es verdad, no he dicho nada, pero lo diré; el tamaño del pene es una de las medidas más inútiles de la fisiología en general y de la sexología en particular. Es insustancial porque no refleja nada; ni capacidad de goce, ni capacidad de fecundidad, ni virtuosismo en la interacción sexual… nada de nada. Vamos, que asociarlo con alguna de estas cuestiones es como asociar el tamaño de los pies con estudiar astronomía y, sin embargo, parece que la vida de un varón dependa de este dato (de ahí que la mayoría lo conozca pero no sepa gran cosa sobre la longitud de su sesera), pero como la tarea fundamental de la sexología, además de trabajar en cuestiones de educación sexual, es desdramatizar y comprender el ya vapuleado, engañado y reprimido hecho sexual humano, daré una media; entre 0,5 centímetros y medio metro, todo es normal.

Y ahora, después de leído esto del pene,  sólo quedaría hacer un buen uso de él; por ejemplo, haciendo, de una puñetera vez, pipí dentro de la taza.

CONTINUARÁ…

Valérie Tasso

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